Reflejo de la estrella de Belén

El papa  Francisco nos pedía, el mes pasado, que lo acompañemos en la oración “Para que  los países que acogen a gran número de refugiados y desplazados, sean apoyados en su esfuerzo de solidaridad”. Nos pide cotidianamente orar para superar una de las esclavitudes de nuestro tiempo, fruto del egoísmo globalizado.

El drama de los que han tenido que abandonar sus ciudades o países por conflictos, persecuciones, guerras, desastres naturales, es una realidad a la que no deberíamos acostumbrarnos. Una tragedia que no puede ser considerada normal!

Hay cifras que abruman el corazón. En este año 2016, llegaron a Europa por el mar mediterráneo más de 340.000 personas, escapando de las guerras y del hambre,  de las cuales murieron 4690 en su intento de buscar una nueva vida.

Más de 300.000 niños sirios han nacido como refugiados desde el inicio de la guerra. Medio millón de ellos viven asediados sin acceder a la ayuda humanitaria y 2,8 millones (2,1 en Siria y 700.000 en los países vecinos) no pueden ir a la escuela.

Son signos de la actitud egoísta e indiferente ante el sufrimiento de los demás y que ha alcanzado una dimensión mundial, denunciada por el Santo Padre  como la “globalización de la indiferencia”, en la Isla de Lampedusa, en relación a las tragedias en el mar, en su primera visita oficial fuera de Roma, calificando la situación como “vergüenza para la humanidad”.

El  desplazamiento forzado ha alcanzado la cifra récord en todo el mundo, de 65,3 millones de personas desplazadas a finales de 2015. Los refugiados representan aproximadamente un tercio de esta cifra (21,3 millones), mientras que la gran mayoría son personas desplazadas en el interior de su propio país.

Esta crisis, puede medirse en cifras, pero detrás de cada número hay personas. Empecemos a medirla por nombres y apellidos, por historias, por familias. No podemos dejarnos llevar por la espiral del horror y de la impotencia. ¿De cuál de ellos podemos hacernos cargo?

La paz que necesitamos es un don de Dios que tenemos que pedir y agradecer, pero también es una tarea que requiere de nosotros compromiso, perseverancia, sensibilidad, justicia, solidaridad, misericordia.

El refugiado no debería ser considerado un extraño, un intruso. Es un hermano nuestro que está en una mala situación y que merece que le tendamos una mano. Su situación es fruto de la injusticia, de la inequidad. Quizás podamos ser mediadores de la nueva oportunidad que anhela para él y su familia, para que recuperen la paz que han perdido y para que rehagan el hogar que han debido abandonar.

María y José también experimentaron el rechazo y la exclusión, cuando ya era el tiempo en que naciera Jesús y no encontraban quien los recibiera, no encontraban un lugar. Finalmente la estrella brilló en Belén para recibir al niño, para recibir al Amor.

Pidamos al Señor para nosotros, un corazón grande y misericordioso para reconocer la dignidad que ha dado a cada persona, y que tantas veces es violada, para superar la indiferencia con generosidad y coraje, para ser reflejo de la estrella de Belén.

 

Emilio Inzaurraga

Presidente Comisión Nacional de Justicia y Paz

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