No los olvidemos

“Se someten al golpe de la espada antes que renegar por su fe…” Estas son palabras de la Hermana Guadalupe, religiosa del verbo encarnado que estuvo misionando 6 años en Siria.

Cada vez que pienso en los cristianos perseguidos tengo una mezcla de alegría y tristeza. Tristeza por la gran cantidad de hermanos nuestros que han perdido la vida y por otros tantos que siguen sufriendo, tristeza porque muchas veces el mundo se olvida de ellos. Pero a la vez me viene una alegría inmensa y se preguntarán cómo esta clase de sucesos puede alegrarme, pero así es, siento una alegría que es consecuencia de la esperanza, el perdón y en conclusión el testimonio de fe que nos dan cada uno de ellos al estar dando sus vidas por el mismo Cristo.

Esperanza, ese saber que el darlo todo acá en la tierra vale la pena porque vamos a terminar gozando eternamente de ese Cielo que Dios nos prometió, que como decía Santa Teresa de Jesús, la vida aquí abajo no es más que una mala noche en una mala posada. Ellos sí que saben lo que es una mala noche, o un día entero lleno de bombardeos en medio del frío que hace en su país, el estar corriendo de un lado a otro para salvarse, pero aun así saben que si mueren, su sangre no será derramada en vano por que habrán dado todo por Él.

Perdón, la cantidad de veces que a nosotros nos cuesta perdonar a quienes nos rodean por la más mínima ofensa que nos hayan podido causar y ellos estando frente a sus asesinos los perdonan y rezan por su conversión; Miryam, una niña refugiada en Irak a causa del Isis, cuando le preguntaron que sentía hacía quienes eran responsables de que ella no pudiera estar en su casa, respondió: – “Yo no les haré nada, solo pediré a Dios que los perdone”. ¡Cuánto valor encierran estas palabras! Vos y yo ¿somos capaces de perdonar de verdad?

Testimonio de fe, más de una vez personalmente y también viéndolo en los grupos sociales en los que me muevo, he tenido la experiencia de sentir esa “vergüenza porque los demás me vean rezando”, y después de haber escuchado un testimonio en el que decían como los cristianos en Irak y Siria se alegraban al encontrarse en un transporte público con otros que compartían su misma fe aunque solamente fueran sólo cuatro (y eso allá es mucho); empecé, sin hacer exhibicionismos, a dejar que se me vea más el rosario cuando lo voy rezando en la calle o el colectivo o a hacer la señal de la cruz sin pensar en lo que piensen los demás. Al fin y al cabo son signos que me representan como cristiana ¿voy a tener vergüenza de manifestar mi fe? ¿Y si el que otros me vean rezando los termina llevando a Dios? Para ser buen cristiano hay que ser testigos de Cristo, ese es el cristianismo que todos debemos vivir: no guardarnos nada, amar en medio del cansancio y el sufrimiento, abrazarnos a esa cruz que nos representa y buscar imitar en todo al Maestro que cuelga de un madero por amor a nosotros.

No olvidemos a estos, nuestros hermanos perseguidos, no los dejemos solos, recemos por ellos e imitemos su ejemplo, brindémosles nuestro apoyo por medio de la oración y la ayuda material, transmitamos su testimonio para que el mundo no los olvide y cuando estemos en esos momentos de oscuridad y dolor, pensemos en ellos y que el recordarlos nos llene de fortaleza para seguir nuestra lucha.

¿Cómo no sentir alegría?, si como dice la hermana María Guadalupe: – “… ¿De qué nos sirve sólo lamentarnos de su suerte? Nos están señalando el camino. ¡No tengamos miedo de imitar su coraje y de vivir también nosotros con los ojos clavados en el Cielo!”.

 

Charito Díaz.

 

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