NAVIDAD Y FAMILIA: el gran regalo

Cuando el año está por irse, llega un tiempo de particular alegría, nostalgia, paz y unidad que a pocos deja indiferente, la fiesta de la Navidad.

La forma como ha de vivirse una festividad está directamente relacionada con su sentido. El sentido objetivo de la fiesta de la Navidad, es la conmemoración del nacimiento de Jesucristo, hecho histórico que ocurrió hace aproximadamente 2016 años en Belén, población cercana a Jerusalén.

Lógicamente, la vivencia personal de la Navidad depende también de las creencias y del sentido que tenga Jesucristo en la vida de cada uno, como la fiesta de cualquier cumpleaños, se vivirá tanto más intensamente como unidos nos encontremos con la persona que cumple años.

Para los cristianos, la fiesta de la Navidad tiene un sentido religioso y familiar. Como expresa el profesor español Oliveros Otero[1], Navidad y familia son dos realidades unidas por el nacimiento -precisamente en el seno de una familia- de un niño, Jesús de Nazaret; nacimiento que es ocasión para un encuentro personal y familiar especial con ese mismo Jesús; y también una buena oportunidad para la reflexión del sentido mismo de nuestra existencia.

Nuestra vida puede compararse con un viaje, porque al igual que todo viaje tuvo un comienzo y tiene una meta que determina precisamente la dirección o sentido a seguir para poder alcanzarla. Al respecto, imaginemos una nave espacial de grandes dimensiones que desde su base -la de su creador- inicia un viaje hacia otro mundo. El creador de la nave lo es también de su tripulación, a quien se la ha confiado junto con las instrucciones necesarias para poder alcanzar la meta del viaje.

Podemos también imaginar nuestro mundo de la segunda década del siglo XXI, como esa gigantesca nave espacial y a la humanidad actual como descendiente de aquella primera tripulación que inició el viaje.

¿Qué ocurre con la persona humana de nuestro tiempo?  Muchos ignoran o han olvidado la base de dónde provienen y hacia dónde van; y han modificado a su antojo las instrucciones o plan de vuelo; esto es, la moral, que no es otra cosa que el manual de instrucciones de la naturaleza humana, de cuyo seguimiento depende el pleno logro de nuestro fin: la felicidad, que es el arraigarse en el amor con verdad, alegría y misericordia.  El resultado es una grave confusión de la tripulación o del ser humano actual  acerca de quién es, y del sentido del viaje de su vida.

Para los cristianos, el nacimiento de Jesús es un hecho que ilumina esa identidad y ese sentido de la vida oscurecido. Es el acontecimiento más grande de la historia humana  porque  significó la concreción del amor de un Dios, que quiso hacerse un miembro más de esa tripulación desorientada, para recordarles el origen y el fin del viaje e indicarles con su ejemplo, cómo viajar para llegar a la meta de la felicidad en el amor con verdad, alegría y misericordia.  Y Jesús  hizo esto naciendo y viviendo 30 años en el seno de una familia, para recordarnos también que es la familia el ámbito más adecuado para ser concebido, nacer, crecer y morir con la dignidad propia de la persona humana[2].

Por eso, para los cristianos no es fiesta vivir la Navidad sólo con el espíritu de unos días no laborables, desvinculado de su sentido religioso y familiar. Como señala el publicista Daniel Diez[3], “la importancia de la Navidad hace conveniente que se la prepare entonces con tiempo, con anticipación a las corridas propias de fin de año, viviendo esas tradiciones que tanto se graban en los hijos: el armado del pesebre junto al tradicional árbol, el envío de las tarjetas de navidad (ahora virtuales), la corona de adviento; y sobre todo, distinguiendo lo esencial de lo secundario -la comida y los regalos, para los que a veces no alcanzan los pesos-, con un espíritu de cariño, adoración y agradecimiento ante el gran hecho de la encarnación del hijo de Dios “.

Para muchas personas no cristianas, el tiempo de Navidad es también ocasión para la vivencia de una fiesta familiar y esto encierra un profundo significado. En efecto, hay algo muy profundo detrás de esos sentimientos  comunes que cualquiera sea la época y cultura provocan ciertos hechos y vivencias; por ejemplo, la risa ante la caída estrepitosa de alguien; el llanto ante la muerte de un ser querido; el gozo al enamorarnos; la ira ante quien nos ofende; el agradecimiento para quien nos trata bien.  Estos sentimientos universales revelan nuestra común naturaleza, en otras palabras, nos indican que estamos hechos ‘con la misma pasta’.

La Navidad, quizás como ninguna otra realidad, genera también esos sentimientos comunes que nos muestran, con especial claridad y con independencia de la religión y las creencias personales, que los seres humanos no somos extraños y somos familia con Dios. Los tradicionales deseos de paz y amor, la particular atención a los amigos, a los compañeros de trabajo, al hogar, a las personas que amamos, hacen de la fiesta Navideña una invitación a la unidad de la familia humana.

Por eso para todos, para cristianos y no cristianos, la misma Navidad es un gran regalo !!!

 

[1]Cfr. O.OTERO, La familia cristiana y la Navidad, en “Revista FAM´S” nº 8 diciembre de 1991

[2]Cfr. P.J. VILADRICH, Agonía del mtrimonio legal,EUNSA, 1984, p. 197.

[3]D. DIEZ, Navidad en familia, en “Revista  FAN´S”, diciembre de 1995.

(Artículo publicado por Cristián Conen en su libro “Vínculos”, Editorial Dunken, Buenos Aires, 2012)

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