“Cuando juego al fútbol me siento libre” Sobre la verdad y la libertad interior.

Una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida, desde hace más de 15 años, es la de compartir las mañanas de mis sábados con niños y adolescentes que cotidianamente se enfrentan con situaciones muy dolorosas. “Cuando juego al fútbol me siento libre”, me confesaba Ariel,  que tiene  10 años y es hijo del pastor evangélico del asentamiento Magaldi. Este pequeño barrio se encuentra a metros del Riachuelo y se considera parte de la Villa 2124 de Barracas. Junto a otros niños y niñas del asentamiento, Ariel asiste cada sábado por la mañana, a un comedor que se transforma en un aula muy particular. Las paredes de cada clase son invisibles y los grupos de apoyo escolar se van  organizando por edades, o por materias, adaptándose las profesionales voluntarias, a las necesidades de cada alumno.

La tarea que tenía que hacer  Ariel consistía en explicar ¿qué significaba ser libre para él? pregunta que su maestra le hizo en relación al 9 de Julio, Bicentenario de la declaración de la Independencia  Argentina.  Una de las respuestas de Ariel era que “se sentía libre cuando jugaba a la pelota con sus amigos”. Esta afirmación es más profunda de lo que él mismo  pensaba, ya que “La verdadera libertad, la libertad interior o creativa (…) consiste en elegir la actividad que más contribuya a realizar el verdadero ideal de nuestra vida. Esta forma de libertad es tanto más elevada cuanto más superamos el apego a nuestros intereses y nos entusiasmamos con el ideal de la unidad”.1 El sueño de Ariel es ser jugador de fútbol profesional, sueño que por el momento se concreta en organizar partidos en  la calle, compartiendo  su pelota con los vecinos que no tienen una. López Quintás nos recuerda que “El anhelo de libertad se halla enraizado en lo más profundo de nuestro ser”2, entonces Ariel ¿jugará al fútbol porque quiere ser libre? o quizás ¿jugando al fútbol va divisando lo que es la libertad? Lo que  queda claro es que la conquista de la libertad no es una cuestión de aprendizaje, sino más bien  un proceso de descubrimiento.

El barrio de Ariel y de sus amigos es peligroso, y ellos lo saben, son conscientes de que no pueden jugar a cualquier hora o dónde quieran. La policía o la gendarmería los confunden a veces con delincuentes, los siguen de lejos, los controlan, los interrogan y hasta han llegado a amenazarlos.  “Si carece de esta libertad social, el hombre ve limitada hasta la asfixia su capacidad de moverse y tomar iniciativas”.3  Si a los diez años, este grupo de chicos no pueden desarrollar sus talentos, sino tienen las posibilidades normales para hacerlo, su libertad no es plena y por lo tanto pueden llegar a sentirse asfixiados y sin esperanza.

Sin embargo, como educadora quiero dar una visión positiva,  el desafío es hacerles reflexionar que no piensen que las circunstancias externas adversas, o los mismos errores personales, los obligan a ser mediocres o a realizar algo que no quieran. En lo más profundo de nuestro interior  somos libres, podemos y debemos tomar decisiones. Como dice Viktor Frankl: “Las palabras de Nietzsche: <Quien tiene algo  porqué  vivir, es capaz de soportar cualquier cómo>, pudieran ser la motivación que guía todas las acciones psicoterapéuticas con respecto a los prisioneros. Siempre que se presentaba la oportunidad, era preciso inculcarles un  porqué —una meta— de su vivir, a fin de endurecerles para soportar el terrible cómo de su existencia”.4 Frankl se refería a los prisioneros de los campos de concentración, pero su reflexión se adapta perfectamente a la realidad de muchos niños en la actualidad. Por eso,  es significativo que los alumnos encuentren en su escuela, en el comedor del barrio, o en algún lugar, un espacio en el que puedan respirar tranquilos, en el que se sientan en paz,  en el que puedan ir descubriendo el porqué de su vida. En este proceso de descubrimiento es fundamental la tarea del profesor. El educador tiene que trasmitir conocimientos pero también tiene que ser consciente de que está formando personas, cada concepto que trasmite va formando la mente de sus alumnos, y la propia mente va tomando la forma de ese conocimiento, el alumno va creciendo porque se va haciendo más persona y el  profesor también se va educando a sí mismo, a medida que se entrega apasionadamente a su tarea de enseñar. El profesor, por lo tanto, tiene el deber de ayudar al educando a que éste quiera ser lo que tiene que llegar a ser. Pero para llevar a cabo esto, es indispensable que la formación tenga muy en cuenta la libertad del educando, porque ¿si la tarea del profesor no tiene que ver con la libertad de las personas, en qué se diferencia del adestramiento de un animal? Si no hay formación, no hay capacidad de sentido crítico ni existe la reflexión. “Conocer es lo que más nos transforma, conocer nunca se queda en mero conocer. Lo que sabemos, en cierto modo lo somos.”5 El pensar, es asumir un compromiso con la verdad que uno piensa, que defiende, es compartir eso que uno cree, pero en una cultura en la que subyace el nihilismo, esto sería una pretensión de verdad.  Es necesario enseñar a pensar, ya que si el hombre no trata de buscar respuestas verdaderas, si deja  de cuestionarse la vida,  deja de ser persona y su vida se parecerá más a la de un animal que a la de un ser humano.  Barrio Maestre afirma que: “Una vida no analizada, no reflexionada, vivida sin más, como viene, no es la propia del animal racional. Mas pensar, es pronunciarse, comprometerse con una afirmación que se entiende verdadera”6

En este punto nos podemos preguntar ¿qué es la verdad? Yepes afirma que “Lo más maravilloso que a uno le puede suceder en la vida es tener un encuentro personal con la verdad, encontrar una persona verdadera para mí. No cabe mayor inspiración.”7 Considero que esto es lo que necesitan y piden a gritos silenciosos los niños y adolescentes: encontrar la verdad en una persona, tener referentes a los que valga la pena imitar, tener un ideal por el que se pueda dar la vida. “Se puede enamorar uno de una persona, pero también de un paraje, de una idea, de una causa, de un acto o una vida ejemplares.”8 La clave de este encuentro con la verdad, es que siempre transforma interiormente, lleva a cambiar, interroga  lo más profundo del ser. La verdad llama, y hay que darle una respuesta, es lo que algunos llaman vocación.

Pero una vida sin inspiración carece también de verdad, y en este punto recuerdo a Federico, otro de los niños que asisten al comedor cada sábado. El papá, los hermanos y el futuro cuñado de Federico, con el que vive, comercializan droga. Este niño de 9 años creció entre insultos, pasta base, sangre y violencia de todo tipo. Federico parece tenerlo todo: ropa deportiva de marcas reconocidas, zapatillas con el último diseño, etc. Se jacta de ser diferente a los otros chicos del barrio. Y realmente lo es: es el único que ya tuvo un arma en sus manos, es el que sabe muy de cerca lo que es la muerte, es el que experimentó la tristeza de que la policía le saque la bicicleta que le regaló su  papá, en uno de los tantos allanamientos que tuvo que presenciar. “Su libertad era vacía, no conducía a ninguna meta, no era impulsada por  ningún ideal digno de la persona humana”

(…) “La libertad vacía deja la vida humana desolada”.9 Podemos considerar que Federico tenía más posibilidades económicas que sus amigos (sin juzgar en este momento la fuente de esa riqueza) sin embargo, sus actitudes, sus expresiones, su mirada y sus dibujos reflejaba esa soledad y ese dolor, consecuencias de la libertad vacía que experimenta en su vida. Parafraseando a López Quintás podemos decir que tener tantas posibilidades y carecer de una meta elevada que oriente debidamente las elecciones que tomamos, es como asomarse cada día a un abismo, con el riesgo de caer en él. Por eso es tan importante el encuentro con la verdad, y una de las manifestaciones  de ese encuentro, es la alegría. Yepes dice que “No es extraño que un mundo relativista sea un mundo triste”10. Para el relativista todo da lo mismo, no existe esa verdad que le da sentido y felicidad a su vida. Esta tristeza es consecuencia del individualismo, del egoísmo, del buscar satisfacer los propios caprichos en vez del bien común. “La verdadera paz del corazón es la ausencia del egoísmo. Quién ama, siempre camina en libertad. Es libre de su cadena más grande: es libre del propio yo”. 11 La profesora de teología Jutta Burggaf, no sólo nos recuerda que una de las maneras de tener paz es dándonos a los demás, sino que nos anima a recobrar esa mirada que tienen los niños, de asombro, de abrirnos a la propia novedad, y creernos que el mundo será lo que nosotros hagamos de él. “Al menos, nuestro mundo es lo que hacemos de él. Nuestra vida es lo que hacemos de ella”.12

Si seguimos el consejo de Burggaf, de imitar a los niños, podemos observar que tienen mucho para enseñarnos, ellos “tienen como por instinto la necesidad de distinguir entre lo verdadero y lo engañoso, lo que es un constructo o una ficción, hasta dónde llega la broma y dónde comienza lo serio. Ese tipo de límites, que la sociedad adulta tiene cada vez más desdibujados, sin embargo los niños los reclaman y exigen, aunque a menudo de formas curiosas”.13 Por eso agradezco a estos niños que compartan sus sábados conmigo, por todo lo que ellos me enseñan cada semana, porque en definitiva todos somos educadores y educandos, porque no existe el uno sin el otro.

 

1 A. LOPEZ QUINTAS, La conquista de la libertad creativa o libertad interior, Catholic.net, Dirección URL: http://www.es.catholic.net/escritoresactuales/241/511/articulo.php?id=53834

2 Ibídem.

3 A. LOPEZ QUINTAS, óp. cit.

4 FRANKL, VIKTOR, El hombre en busca de sentido, Barcelona, Ed. Herder, 1991, p.81.

5 J. M. BARRIO MAESTRE, Educación y verdad, Madrid, Ed. Universidad de salamanca, 2008, pp. 83-99.

6 J.M. BARRIO MAESTRE, óp. cit.

7 R. YEPES STORK, Entender el mundo de hoy. Cartas a un joven estudiante, Madrid, Ed. Rialp, 1999, p.59

8  Ibídem.

9 A. LÒPEZ QUINTÀS, óp. cit.

10 R. YEPES STORK, óp. cit.

11 JUTTA BURGGRAF, Libertad Vivida, Argentina, Ed, Rialp, 6ºed. 2014, p.171.

12 Ibídem, p.15.

13 J.M. BARRIO MAESTRE, óp. cit.

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