La conversión ecológica como idea política

El papa Francisco ha sorprendido a todo el mundo por muchas palabras y acciones, y la Encíclica “Laudato si” no escapa a esa sorpresa.

Si bien es un documento eclesial, fue escrito en el atrio de la Iglesia, es decir con toda la información actualizada de la ciencia sobre la situación ambiental y con el ánimo de “entrar en diálogo con todos acerca de nuestra casa común” (n.3). El papa, siguiendo al Santo de Asís, ha querido orientarse hacia una ecología integral que “requiere apertura hacia categorías que trascienden el lenguaje de las matemáticas o de la biología y nos conectan con la esencia de lo humano” (n. 11).

La lectura del documento pontificio manifiesta una confluencia de ideas, integradas coherentemente, que conjugan lo científico, lo religioso, lo filosófico, lo político, lo social, y se orientan hacia una idea política: la conversión ecológica. Y es política no solo por el espacio intelectual común donde plantea el diálogo, sino porque se realiza en la gran polis del planeta junto a todo ciudadano del mundo. “Hago una invitación urgente a un nuevo diálogo sobre el modo como estamos construyendo el futuro del planeta. Necesitamos una conversación que nos una a todos, porque el desafío ambiental que vivimos, y sus raíces humanas, nos interesan y nos impactan a todos” (n.14).

Francisco toma una idea evangélica, la conversión, como propuesta para un cambio, un giro social. Parte de un análisis de 28 cuestiones críticas en la casa común para mostrar que la humanidad responde, desde hace mucho tiempo, a un conjunto de conceptos bajo el paradigma de la tecnocracia. Entones, la conversión, el giro social es desde la tecnocracia como modelo político, económico, científico y social, hacia otro paradigma: la ecología integral.

¿Qué entiende por tecnocracia?

Francisco pone en valor los avances de los últimos siglos en materia tecnológica, especialmente en medicina, ingeniería y las comunicaciones. Las inmensas posibilidades de superación de las dificultades y los descubrimientos de buenas novedades para la humanidad son insoslayables. Sin embargo, dice el Papa, “se tiende a creer que todo incremento del poder constituye sin más un progreso, un aumento de seguridad, de utilidad, de bienestar, de energía vital, de plenitud de los valores, como si la realidad, el bien y la verdad brotaran espontáneamente del mismo poder tecnológico y económico” (n.105). La tecnocracia, entonces, es una creencia acerca del poder científico que origina todo bien, homogéneo y unidimensional, una técnica de posesión, dominio y transformación.

La tecnocracia ha llevado a una intensificación de ritmos de vida y de trabajo (n. 18), creando una incapacidad de visión acerca del “misterio de las múltiples relaciones que existen entre las cosas, y por eso a veces resuelve un problema creando otros” (n.20). El mayor problema es que el planteo ecológico con sus múltiples urgencias ambientales, es también un grave planteo social que surge de un solo clamor de la tierra y de los pobres (n.49).

Francisco, en una visión sinóptica, muestra la relación entre las cuestiones socio ambientales y la alianza entre la economía y la tecnología que deja afuera lo que no forma parte de los intereses inmediatos de la tecnocracia (n.54) y favorece una degradación ambiental, humana y ética. “El hecho es que el hombre moderno no está preparado para utilizar el poder con acierto, porque el inmenso crecimiento tecnológico no estuvo acompañado de un desarrollo del ser humano en responsabilidad, valores, conciencia” (n.105).

La tecnocracia, como creencia de poder, busca extraer todo lo posible de las cosas por la imposición de la mano humana. Ya no es una mano amiga que se une a la creación, sino un objeto técnico que pretende “estrujar hasta el límite y más allá del límite” (n.106). Y no es algo neutro, porque crea un tejido de creencias que condiciona la vida cotidiana dentro de ciertas hegemonías, y presiona para que todo sea dominio, aún lo más simple. Así, el antropocentrismo moderno coloca la razón técnica sobre la realidad y allí, el ser humano “ni siente la naturaleza como norma válida, ni menos aún como refugio viviente” (n.115).

Francisco afirma que este paradigma tecnocrático “también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política” (n.109), pensando que desde allí se resuelven todos los problemas ambientales y sociales, aún la miseria del hambre en el mundo. Frente a este enfoque totalizante, la conversión ecológica “debería ser una mirada distinta, un pensamiento, una política, un programa educativo, un estilo de vida y una espiritualidad que conformen una resistencia ante el avance del paradigma tecnocrático” (n.111).

¿Hacia dónde ir?

Desde el principio al final, el Papa recuerda al Pobre de Asís, para quien las criaturas son hermanas. Es una convicción, tan fuerte como el paradigma dominante de la tecnocracia, aunque despreciada como romanticismo irracional. “Si nos acercamos a la naturaleza y al ambiente sin esta apertura al estupor y a la maravilla, si ya no hablamos el lenguaje de la fraternidad y de la belleza en nuestra relación con el mundo, nuestras actitudes serán las del dominador, del consumidor o del mero explotador de recursos, incapaz de poner un límite a sus intereses inmediatos” (n. 11). Allí es donde aparece acuciante la experiencia de una conversión, de un cambio del corazón que implica gratitud y gratuidad, en la amorosa conciencia de no estar desconectados de las demás criaturas (n.220).

Allí radica el modelo de fraternidad universal, en el cual existe una mutua internecesidad. Dice Francisco: “todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros” (n.42). Pero la conciencia de un modelo relacional frente al modelo de dominio de la tecnocracia, tiene la dificultad de una cultura que promueve el segundo modelo. Por eso, el Papa vuelve sobre la definición de sustentabilidad del Informe Brundtland y dice que “no disponemos todavía de la cultura necesaria para enfrentar esta crisis y hace falta construir liderazgos que marquen caminos, buscando atender las necesidades de las generaciones actuales incluyendo a todos, sin perjudicar a las generaciones futuras” (n.53).

La conversión ecológica que gira la mirada hacia una ecología integral, deja atrás la visión de la naturaleza únicamente como objeto de provecho y de interés pues consolida la arbitrariedad del más fuerte que propicia desigualdades, injusticias y violencia para la mayoría: “el ganador se lleva todo” (n.82). Se orienta hacia un horizonte en el que todo está conectado pues se capta la variedad de las cosas en sus múltiples relaciones y se preocupa sinceramente por el ambiente y por cada ser humano (n.86 y 91), especialmente de los más postergados. De hecho, se puede afirmar con Francisco, que cada pobre es un rostro que expresa simultáneamente el clamor de cada deuda ambiental.

“No hay dos crisis separadas, una ambiental y otra social, sino una sola y compleja crisis socio-ambiental. Las líneas para la solución requieren una aproximación integral para combatir la pobreza, para devolver la dignidad a los excluidos y simultáneamente para cuidar la naturaleza” (n.139) en un marco más amplio: de la solidaridad intergeneracional que sitúa el ambiente en la lógica de la recepción, pues cada generación recibe en préstamo la sociedad y el ambiente, que debe transmitir a la generación siguiente (n.159).

“Lo que está en juego es nuestra propia dignidad. Somos nosotros los primeros interesados en dejar un planeta habitable para la humanidad que nos sucederá. Es un drama para nosotros mismos, porque esto pone en crisis el sentido del propio paso por esta tierra” (n.160).

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