Cultura vocacional

Al comienzo de cada mes, el calendario litúrgico nos invita a unirnos en oración con toda la Iglesia por la intención que nos propone el Papa.

En este mes de abril, el Papa nos pide que recemos  para que los jóvenes sepan responder con generosidad a su propia vocación, considerando seriamente también la posibilidad de que Dios les pida una entrega total.

Las tres cosas que he puesto en negrita son importantes, pero por una cuestión de extensión me limitaré solo a la primera.

El Papa nos anima a pedir que los jóvenes sean generosos. Y esto en una cultura que constantemente nos incita a lo contrario, a centrarnos en nosotros mismos, a pensar en lo que queremos, lo que nos gusta, a ponernos por delante a la hora de decidir qué haremos.

Me recuerda lo que contestó un sacerdote que escribió un libro sobre pastoral vocacional cuando le preguntaron cuáles le parecían las razones por las que los jóvenes no dan un “sí” al Señor: “¿Comodidad, egoísmo, miedo o simplemente es que no escuchan o no quieren escuchar esta llamada?”.

La respuesta fue: “Yo veo varias causas. La central, y me parece que es la más preocupante, sería el narcisismo. Es decir, actualmente la persona (añado: todos somos personas, y todos vivimos “actualmente”; es decir, ¡esto nos pasa a todos nosotros!) vive centrada en su yo. Lo único que esto produce es un fenómeno de sordera con relación a otras voces muy cercanas. Algunas de ellas están llamando a sus puertas, pero están con una insensibilidad enorme para poder responder a otras llamadas que no sean las que nacen de su propia sensibilidad, de su propio deseo, de sus propias intuiciones, o de sus propios gustos. Yo creo que es este el narcisismo.

A continuación daba la que él creía la solución: lograr que los jóvenes “en lugar de hacerse la pregunta “« ¿qué voy a hacer yo con mi vida?»”, sea capaz de hacerle una pregunta a Dios: « “Señor, ¿qué quieres Tú, que haga con mi vida?»”…

En este texto encontramos los dos aspectos que quería comentar: hay una voluntad de Dios para cada uno. Todos hemos sido llamados por Él a la existencia; todos hemos recibido una vocación que es la razón por la que hemos sido creados.

Descubrir esa vocación es tarea nuestra, de cada uno, de todos. Porque todos tenemos vocación; a todos Dios nos ha llamado (vocare: llamar) a la existencia para algo que sólo Dios sabe. Y cada uno debe descubrirlo y, con la gracia divina, adherir a ese plan amoroso de Dios. Es en esa tarea de discernimiento,  donde el narcisismo nos juega una mala pasada.

Si las pregunta  a responder son “¿qué me gusta-qué quiero?”, automáticamente Dios queda fuera de nuestros planes, excepto que su Voluntad coincida en todo con la mía: esto, además  de utópico supone un disminuir a Dios para dejarlo sujeto a mi gusto-capricho.  Tenemos que animarnos a dejarlo entrar a Dios en nuestras vidas; a acercarnos a Jesús, como el joven rico del Evangelio, y hacerle la pregunta del millón: ¿qué tengo que hacer YO para alcanzar la vida eterna? ¿Cuál es ese plan que Dios tiene para mi vida?

El himno del Congreso Eucarístico en Tucumán, del año 2016, hablaba de los sueños de Dios: es una imagen que me emociona. Dios soñó con nosotros, tiene un sueño para cada uno y respecto a lo que cada uno de nosotros puede hacer; y la realización de ese sueño depende de mí sí. Dios, necesita de mi sí, como dice una canción de Misa.

Debemos acostumbrarnos, y educar a los más jóvenes en lo mismo, a preguntarle a Jesús qué quiere que hagamos, no sólo en un plano existencial sino en lo de todos los días: qué quiere Él que haga con mi tiempo, con mi plata, con mis talentos… Será un buen entrenamiento para aceptar también su querer respecto a nuestra vocación.

En el rezo del Angelus Dios, a través de su Madre, nos da una lección maravillosa de cómo debe ser nuestra actitud. Cada una de las partes de esa oración es una etapa que todos debemos recorrer siempre:

  • escuchar a Dios: María escucha el mensaje que le transmite el ángel.
  • decir que sí, necesita de mi sí:(la respuesta incondicional de la Virgen: hágase);
  • Entonces Dios actúa (El Verbo se hizo carne)

 

Padre  José María Klappenbach

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