Abrir las puertas de par en par

¡El Papa es un Ángel! declaran Hasan y  Nur, que se les ilumina la cara cuando se les habla del Papa, a pesar de que son musulmanes y no tienen ninguna intención de convertirse al cristianismo. Son dos de los 12 refugiados sirios que llegaron a Roma con el Pontífice, tras su visita a la isla griega de Lesbos. «Aún no podemos creer lo que nos ha sucedido», afirma la pareja, que tiene un hijo de dos años, Rifat.

Hasan y Nur no saben explicar muy bien cómo ocurrió todo. «Fue tan rápido», se justifican. Ahora están alojados en un centro de refugiados de la Comunidad de San Egidio, en el barrio de Trastevere, en el corazón de Roma, donde residen unos 80 extranjeros más.

«Salimos del campamento para comprar unas cosas y, cuando regresamos, nos hicieron la entrevista», relata él. Llevaban allí, en el campamento de refugiados de Kara Tepe, en Lesbos, desde mediados de marzo, hacinados en una especie de caravana, con un colchón en el suelo y poco más. Había cortes en el suministro eléctrico y también faltaba el agua, aseguran. «Para ducharme, iba a una ONG que ofrecía ese servicio», explica ella.

«Cuando nos dijeron que nos iríamos con el Papa, creí que era una broma y no lo acabé de entender hasta que nos subimos en el avión», afirma Hasan. Porque realmente era difícil comprenderlo. Suponía pasar del infierno al cielo en horas.

En 2015, más de un millón de personas llegaron por mar hasta las costas europeas. Son sirios, iraquíes y afganos en su mayoría que escapan de las bombas o del Estado Islámico. En lo que llevamos de 2016, ya son más de 140.000. Son personas a las que Europa ha decidido no acoger sino cerrarles la puerta, dejando de lado los principios que la vieron nacer y la inspiraron después de la II Guerra Mundial.

En de julio, 2013 dijo Francisco:

“Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia del llanto, del “padecer con”: la globalización de la indiferencia”.

Incluso utilizó duras palabras sobre las tragedias en el mar, como cuando fallecieron 368 personas asfixiadas en una barcaza en octubre de 2013.

“No puedo recordar sin dolor las numerosas víctimas del enésimo trágico naufragio de hoy en Lampedusa. Me viene la palabra vergüenza:¡es una vergüenza!”. 

El Papa se reunió con los supervivientes a los que confesó que le costaba encontrar las palabras para hablar con ellos.

El mensaje de Francisco sobre la inmigración es claro: No hay que construir muros sino puentes. No hay que cerrar las puertas sino abrirlas. Por eso, pidió que cada parroquia acoja a una familia de refugiados.

“Que toda parroquia, que toda comunidad religiosa, que todo monasterio, todo santuario de Europa acoja a una familia, comenzando desde mi diócesis de Roma”.

Porque aunque forman parte de las estadísticas sobre refugiados más abultadas desde la II  Guerra Mundial, no son números, son personas.

En Febrero de este año dijo:”Esta crisis, que se puede medir en cifras, nosotros queremos medirla por nombres, por historias, por familias”.

Fue en Ciudad Juárez, México,  donde el Papa tuvo uno de los gestos más significativos con los migrantes: de esta parte del mundo: Rezó en la frontera entre México y Estados Unidos por tantos y tantos que perdieron la vida intentando mejorarla.

A finales de 2014 el Papa visitó las instituciones europeas. Allí, ante algunos de los que han decidido que Europa debe deportar masivamente a los refugiados, pronunció, de forma profética, estas palabras.

“Queridos Eurodiputados, ha llegado la hora de construir juntos la Europa que no gire en torno a la economía, sino a la sacralidad de la persona humana, de los valores inalienables”.

Queridos amigos 

He querido estar hoy con Ustedes. Quiero decirles  que no están  solos. En estas semanas y meses, han sufrido mucho en la búsqueda de una vida mejor. Muchos de ustedes se han visto obligados a huir de situaciones de conflicto y persecución, sobre todo por el bien de vuestros hijos, por vuestros pequeños. Han hecho grandes sacrificios por vuestras familias. Conocen el sufrimiento de dejar todo lo que aman y, quizás lo más difícil, no saber qué les deparará el futuro. Son muchos los que como ustedes aguardan en campos o ciudades, con la esperanza de construir una nueva vida en este Continente. 

…esperamos que el mundo preste atención a estas situaciones de necesidad trágica y verdaderamente desesperadas, y responda de un modo digno de nuestra humanidad común. 

Dios creó la humanidad para ser una familia; cuando uno de nuestros hermanos y hermanas sufre, todos estamos afectados. Todos sabemos por experiencia con qué facilidad algunos ignoran los sufrimientos de los demás o, incluso, llegan a aprovecharse de su vulnerabilidad. Pero también somos conscientes de que estas crisis pueden despertar lo mejor de nosotros.

Este es el mensaje que os quiero dejar hoy: ¡No perdáis la esperanza! El mayor don que nos podemos ofrecer es el amor: una mirada misericordiosa, la solicitud para escucharnos y entendernos, una palabra de aliento, una oración.

A nosotros, los cristianos, nos gusta contar el episodio del Buen Samaritano, un forastero que vio un hombre en necesidad e inmediatamente se detuvo para ayudarlo. Para nosotros, es una parábola sobre la misericordia de Dios, que se ofrece a todos, porque Dios es «todo misericordia». Es también una llamada para mostrar esa misma misericordia a los necesitados. Ojalá que todos nuestros hermanos y hermanas en este Continente, como el Buen Samaritano, vengan a ayudarles con aquel espíritu de fraternidad, solidaridad y respeto por la dignidad humana, que los ha distinguido a lo largo de la historia. 

Qué más agregar para comprender que el liderazgo de Francisco más que con palabras se cimenta en gestos concretos que nacen inspirados en el mismo Evangelio, tomando ejemplo de Jesús. Pareciera a cada paso preguntarse  ¿Qué haría Jesús en mi lugar frente a esta situación?.

Muchas voces de incomprensión se levantan contradiciendo sus llamados. Programas políticos con consignas totalmente opuestas a sus iniciativas se imponen en Europa y en EEUU.

Claramente es signo de contradicción. Es rechazado por cuestionar el aislamiento, el derroche, el egoísmo y la pobreza que genera la sobreabundancia a costa de sobreexplotar y someter a poblaciones enteras de continentes o subcontinentes,  para mantener un nivel de vida que destruye a personas y al mismo ambiente.

Los pobres sufren sin piedad el efecto del calentamiento global y el cambio climático.

En Argentina el gobierno ha dado señales de recibir a inmigrantes sirios.

Aunque algunos dirigentes poniendo oído en una parte minoritaria de la población se empeñan en poner trabas y muros legales a inmigrantes de cualquier origen olvidando las bases de nuestra Constitución Nacional y además la historia misma de nuestro país que en sucesivas crisis mundiales  se ha visto ampliamente favorecido por millones de ellos (Europeos, Libaneses, Sirios, etc) que aportando su cultura han hecho de  la Argentina su hogar y ejemplo para el mundo.

Que el ejemplo de vida de Francisco, quien por su misma historia familiar sabe en carne propia lo mucho que un pueblo cristiano puede hacer en auxilio de otros, sea un modelo inspirador de nuestra iniciativas en la dirección de “humanizar” las decisiones de nuestros gobernantes.

 

Hector Allende

Justicia y Paz

San Juan

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